Cuaresma: Regresar a Dios sin excusas
- rubipalucio
- 17 feb
- 2 min de lectura
La Cuaresma no es una tradición que se cumple.
Es una llamada a volver.
Volver a Dios cuando nos hemos dispersado.
Volver al silencio cuando el ruido interior nos domina.
Volver a la verdad cuando empezamos a justificarnos.

Son cuarenta días que la Iglesia nos regala para hacer algo que normalmente evitamos: revisar el corazón.
El desierto, en la Biblia, no es un castigo. Es un lugar de encuentro. Allí se cae lo superficial y aparece lo esencial. Allí no hay distracciones. Solo tú y Dios.
Y eso incomoda.
La Cuaresma nos recuerda que la vida espiritual no crece sola. Necesita decisión. Necesita renuncia. Necesita humildad.
Por eso la Iglesia propone tres caminos concretos:
Oración.
No para decir más palabras, sino para escuchar a Dios con honestidad.
Ayuno.
No para demostrar fuerza de voluntad, sino para aprender que no todo deseo debe gobernarnos.
Limosna.
No para cumplir con una obra externa, sino para que el amor de Dios transforme nuestra manera de tratar a los demás.
La ceniza con la que inicia este tiempo es un recordatorio fuerte: somos frágiles. No somos autosuficientes. Necesitamos gracia.
La Cuaresma es el momento de reconocer dónde nos hemos enfriado, dónde hemos negociado con el pecado, dónde hemos puesto nuestra seguridad fuera de Dios.
No es un tiempo de tristeza permanente. Es un tiempo de limpieza interior.
La Pascua celebra la Resurrección.
Pero nadie resucita si primero no permite que algo muera.
Tal vez este año no se trate solo de “dejar algo”. Tal vez se trate de permitir que Dios transforme aquello que llevas tiempo evitando.
La Cuaresma es una invitación clara:
Regresa.
Reconcilíate.
Ordena tu corazón.
Dios no fuerza el cambio.
Pero sí ofrece el tiempo para hacerlo.



Comentarios