Dios habla en el silencio que evitamos
- rubipalucio
- 13 ene
- 2 min de lectura
Vivimos rodeados de ruido.
Ruido externo: notificaciones, pendientes, voces, música constante.
Y ruido interno: pensamientos, preocupaciones, listas mentales que nunca se apagan.

En medio de todo eso, decimos que queremos escuchar a Dios… pero casi nunca le damos el espacio para hablar.
Dios se encuentra en el silencio. Y no porque Él esté lejos, sino porque nosotros rara vez callamos.
El silencio nos incomoda. Nos confronta. Nos obliga a estar presentes. Por eso lo evitamos. Preferimos oraciones rápidas, palabras bonitas, frases aprendidas. Hablamos, pedimos, agradecemos… y nos vamos. Como si la oración fuera un trámite y no una relación.
Pero a una persona no se le conoce hablándole sin parar.
Se le conoce tratándola. Escuchándola. Permaneciendo.
¿Por qué creemos que con Dios es diferente?
Te propongo algo simple, pero profundamente transformador:
dedica al menos 15 minutos al día solo para estar con Él.
No para impresionar.
No para decir “lo correcto”.
No para repetir oraciones perfectas.
Comienza con honestidad brutal:
“No sé qué decir, Señor.”
Eso basta.
Háblale como hablarías con un amigo cercano. Cuéntale lo que traes dentro, incluso lo que no sabes cómo poner en palabras. Y cuando termines, no te levantes. No cierres el momento. No salgas corriendo.
Guarda silencio.
No solo de la boca, sino de la mente.
No para forzar pensamientos espirituales, sino para permitir que el ruido se asiente.
Aquí es donde muchos fallamos. Creemos que la oración termina cuando nosotros dejamos de hablar. Pero en cualquier conversación real, ambas partes participan. Si solo uno habla, no es diálogo; es monólogo.
Dios responde en el silencio.
No siempre con frases audibles, sino con claridad, con paz, con confrontación suave, con ideas que no nacen del caos mental sino de algo más profundo.
Al principio no será fácil. Tu mente querrá huir. Te sentirás incómodo. Pensarás que estás perdiendo el tiempo. No lo estás. Estás entrenando el corazón para escuchar.
No es una oración perfecta.
Es una oración humana.
Y eso es exactamente lo que Dios busca.



Comentarios